Que rápido pasan a veces las cosas. Vamos en un bus, mirándolo todo desde nuestro confortable asiento, viendo las luces, las formas de la gente, de los coches adelantarnos... todo a través de esas grandes ventanas de cristal, sin percatarnos a penas de los cambios que suceden fuera.
Llega un momento, que vamos tan ensimismados en nuestros pensamientos, en nuestras preocupaciones, en nuestros problemas, en lo que no hemos conseguido hoy, que cuando nos damos cuenta, ya hemos llegado a nuestra parada.
Si alguien nos preguntase por qué calles hemos ido, o cuantos semáforos hemos pasado... quién se ha sentado a nuestro lado, o enfrente, probablemente no sepamos responder. Qué pena digo yo.
Nos hemos perdido un viaje, que pudo haber sido interesante, divertido, incluso productivo, tranquilizante, y quién sabe si hasta placentero, por recordar los "malos tragos" de nuestro día, o cualquier otra tontería.
A veces odio no aprovechar esos viajes... y lo que no odio, sino más miedo me da, es no aprovechar ese viaje, ese gran viaje que es la vida.
Porque quizás, la persona que se ha sentado enfrente, puede ser la que le de sentido a tu viaje, e incluso, la que te acompañe hasta la última parada.
Despedida y cierre
Hace 16 años